HOMILIA
DEL PAPA FRANCISCO EN LA MISA DE GALLO
NAVIDAD 2013
1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is
9,1).
Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente
cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de
algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que
somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de
nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las
tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra
y sorprende:
el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a
reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.
Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia,
en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán,
nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para
ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como
creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña
siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas.
«Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio,
se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de
obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y de pueblo errante.
También en nuestra historia personal se alternan momentos
luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos,
caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el
orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos
rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol
San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va,
porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11).
2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el
anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación
para todos los hombres» (Tt 2,11).
La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María
Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido
nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En
Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el
Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al
que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la
vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.
3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”,
que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque
eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en
vela aquella noche, guardando su rebaño. Con ellos nos quedamos ante el Niño,
nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a
Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te
bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por
nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho
pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.
Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos
ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz
para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Y
también yo les repito: No teman. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros,
nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida.
Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es nuestra paz. Amén.
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