Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
La escalera para llegar al Cielo
La escalera para llegar al Cielo
Santa
Rosa de Lima decía que para llegar al Cielo la escalera es la cruz. En la
Iglesia universal esta celebración tiene lugar el 14 de septiembre. Los
peruanos tenemos aprecio a la santísima cruz. El papa Juan Pablo II hizo
referencia a este hecho cuando visitó el Perú. Pues el vicario de Cristo vio en
las cumbres de las montañas, en la cima de los cerros y edificios la cruz. En
casi todos los lugares hay una cruz y está muy bien. Todos apreciamos la cruz
porque es el árbol de la vida.
Todos
los cristianos amamos la cruz porque allí murió Cristo por nosotros, por ti y
por mí; nos compró a precio de su sangre. Él nos reconcilió con Dios. Tanto es
el amor de Dios que llegó hasta el extremo de entregar su vida en la cruz.
Cristo cumple su promesa de “no hay mayor amor, sino el amigo que entrega su
vida por el amigo”. Él dio su vida en la cruz para salvarnos. Jesús nos ha
reconciliado en la cruz.
Ahora
me referiré a la cruz de cada día. Hay hechos en la vida que es difícil de
entender. Se trata del misterio del dolor, de la enfermedad, del mal, del
sufrimiento del inocente, de la pérdida de un familiar o amigos. Todo esto nos
cuestionan muchos aspectos como: ¿Dios existe? Si existe ¿porqué sucede esto?
¿Dónde está Dios?. Con lo cual estos puntos hacen falta resolver bien cuando se
presente. Es decir, se trata de encontrar sentido a todo ello. Decía el
fundador de la logoterapia Victor Frankl: “hay mucha gente que tiene mucho como
vivir, pero no siempre tiene un porqué vivir”. Es importante encontrar un
sentido al misterio de mal. Pero cuando esto es ausente se repite lo que ya en
los tiempos antiguos se consideró como “escándalo para los judíos y necedad
para los paganos”. También hoy parece renovarse estas mismas actitudes.
Mucha
gente tiene miedo al sacrificio, al esfuerzo, a dar un poco más de sí, a pensar
en los otros. Esto ocurre porque falta un porqué y para qué vivir. Pero ¿cómo
se presenta la cruz? La cruz más pesada es aquella de la injusticia, de la
incomprensión, de la pérdida de un familiar o amigos, de la ingratitud, de la
traición, de la indiferencia. Cuando experimentamos estos puntos sentimos
deseos de venganza, de revancha, de odio. Pero nunca podemos devolver mal por
mal. La violencia siempre engendra violencia. Si lo llevamos bien entonces
hemos encontrado un porqué vivir.
Los
cristianos disfrutamos de la vida y estamos felices. Pero nuestra alegría tiene
su raíz en forma de cruz. No nos quedamos en la alegría del animal sano que cuando
tiene todo está contento. La alegría cristiana es consecuencia de la
generosidad. Tiene como fuente la cruz. Fruto de la abnegación hasta el
extremo.
No
buscamos la cruz, pero cuando se presenta la asumimos con garbo. Cuando nos
toque llevar el peso enorme de la cruz no pidamos cuenta a Dios ni a nadie con
el ¿por qué?. La pregunta que nos repetimos es: ¿por qué a mí? ¿por qué yo?
Nuestra mente es limitada para entender el misterio del mal. Tenemos que saber
que Dios no quiere el mal y si lo permite incluso del mal saca bien.
Cuentan
de santa Teresa cuando era apenas una niña quiso viajar a tierras extrañas para
padecer el martirio. Esta niña tenía gran deseo de derramar su sangre en
testimonio de Cristo. Para el cristiano el martirio es fundamentalmente
cotidiano. El cristiano tiene que llevar los distintos aspectos de la vida. Se
trata de “soportar los alfilerazos y contradicciones de cada día”. Ese es
nuestro lugar: lo ordinario.
Podemos
amar la cruz y por tanto compartir el peso con Cristo. Acompañamos a Jesús en
la cruz cuando hacemos nuestras responsabilidades, aunque no tengamos ganas;
haciendo una obra de caridad; llevando con calma los imprevistos; estudiando o
cumpliendo con nuestros compromisos y deberes, rechazando todo aquello que
denigre nuestra dignidad personal y la de los demás.
También
aceptamos la cruz soportando y sonriendo ante las palabras hirientes, los
insultos; dejando pasar cosas insignificantes que surgen en la convivencia
diaria; en el centro de trabajo saludando a quien no quieres ni verlo; llegando
puntual al trabajo y trabajando bien; perdonando y pidiendo perdón ante los
defectos propios y ajenos; escuchando a los amigos. Convivir no es fácil,
supone aprender. Entonces diremos: Gracias Señor porque en mi cruz de cada día
estamos tú y yo.
Atte,
P. Arnaldo Alvarado
Seminario Mayor de Cañete
(PERÚ)
Jr. Unanue 300
arnaldo.alvar@gmail.com

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